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martes, 14 de octubre de 2014

La Necrópolis Medieval de Toledo- I

En éste post vamos a presentar una pequeña introducción a lo que fue la necrópolis Medieval de Toledo, que desde época Romana hasta el siglo XV, se situaba al norte de la ciudad, desde la llanura de la Vega Baja hasta el Cerro de la Horca (donde actualmente se localizan los Institutos El Greco y Azarquiel).

Pero no fue así desde el inicio. Desde el primer (o primeros, ya que desconocemos si hubo separaciones entre los mismos) núcleo cementerial de época Romana que se situaba entre el sur del Circo Romano, así como otros enterramientos que se documentaron en la actual Avenida de Reconquista (Edificio de Telefónica, en el entorno del edificio de Caja Rural, etc.), el cementerio fue creciendo en distintas direcciones hasta que en el siglo XV se deja de usar, y los “muertos” vuelven a entrar en la ciudad.

Durante la Edad Media se enterraron al norte de la ciudad distintos grupos culturales que pasaron por ésta ciudad: visigodos, musulmanes, judíos y cristianos (mozárabes, mudéjares, cristianos nuevos o conversos), y muchas de las veces en el mismo momento, luego hubo posiblemente distintos espacios funerarios.

Esquema de la localización de la necrópolis medieval de Toledo (en azul). Se ha elegido el plano de la ciudad de Coello e Hijón de 1858, ya que representa cómo era la ciudad en la Edad Media, sin las construcciones actuales al norte. En otros colores, algunos espacios cementeriales conocidos, aunque no bien definidos (romano, musulmán, judío).

En las Siete Partidas de Alfonso X, basadas en las Doce Tablas romanas, se establecía que los espacios funerarios debían situarse a extramuros de la ciudad. Esto era fundamental por cuestiones de higiene y era conocido desde la antigüedad.

Luis Hurtado de Mendoza, en sus descripciones del siglo XVI, indicaba que los cementerios cristiano, judío y musulmán se ubicaban en tres sitios distintos: “..los judíos en el Cerro de la Horca, los moros en la Vega y los cristianos cabe San Ildefonso y Sta. Leocadia”. También debemos mencionar aquí lo escrito en el Memorial de Hurtado, en el que se hace la siguiente puntualización: “..hallándose también muchos lucillos de sepulcros de judíos y moros hechos de ladrillos y cubiertos con pilas de piedra berroqueña detrás de la hermita de Sant Eugenio a la parte del norte”.

Como vemos, parece que cada confesión tuvo, al menos inicialmente, su espacio funerario propio.

Ya desde el principio, salvo zonas muy puntuales que se han conservado intactas, la necrópolis medieval de Toledo sufrió de una alta demanda, que hizo que algunas zonas que posiblemente en inicio fueran utilizadas sólo por una grupo cultural, luego se usaran por otros indiscriminadamente, encontrando en algunas zonas, diversos niveles de ocupación de tumbas, llegando a romperse estructuras funerarias anteriores.

Durante la época Visigoda se siguió empleando el espacio que había comenzado a usarse en el periodo romano, y se produce ya la primera ampliación hacia el norte y oeste del espacio funerario, pero aún nos es muy desconocido. También en ésta época se produjo la población, mediante un amplio suburbio, de la zona de la Vega Baja.

Desde el siglo VIII en que los musulmanes toman la ciudad, tenemos un nuevo ritual de enterramiento, y se conserva el cristiano, con los grupos de Mozárabes (cristianos arabizados que permanecieron en territorio musulmán conservando su confesión religiosa) que quedaron en la ciudad. Igualmente, será en ésta época cuando la ciudad crezca hacia el norte, creándose el Arrrabal amurallado.

El cementerio Musulmán (denominado maqbara) aparece documentado ya hacia el año 1010. Se encontraba ubicado al norte de la ciudad, frente a la bab Saqra y se extendía, al parecer desde la antigua basílica de Santa Leocadia, a orillas del Tajo, hasta la ermita de San Eugenio, e incluso quizá más hacia el norte, pues hay indicios de éste en lo que se denominaba Cerro de la Horca, aunque no sabemos si se trataba de un solo cementerio o de varios.

La comunidad Mozárabe de Toledo fue la única confesión religiosa que contravino los preceptos de enterrarse fuera del espacio amurallado de la ciudad ya desde la Alta Edad Media, ya que dispuso intramuros de varios templos durante la dominación musulmana, como los de San Lucas, San Salvador, San Jacobo, Santa Leocadia, Frailes del Santo Espíritu o la Catedral de Santa María, según consta en los testamentos que recogió González Palencia.

La comunidad Judía, que contaba con su Judería al oeste de la ciudad, prefería los lugares elevados y orientados hacia la judería; en las necrópolis judías tan solo tenían cabida judíos y su espacio funerario solía estar separado de los demás por algún tipo de barrera física (muro, arboleda, etc.) y a veces tenían a una persona que cuidaba de ellos.

Sobre la localización  de la necrópolis judía, tenemos varias noticias históricas que nos hablarían de distintos emplazamientos: así, en unas escrituras de venta se dice que unas tierras situadas en la Vega Baja lindaban “con la carrera que iba al fonsario de los judíos” y, tras el edicto de expulsión de los judíos de 1492 promulgado por los Reyes Católicos, dispuso la reina Isabel que el osario de los judíos, situado en la Vega (por el Pradillo de San Bartolomé, no lejos de Santa Leocadia) se repartiese entre el concejo (la tierra y el suelo) y el cabildo catedralicio (la piedra), lo que supone posiblemente la destrucción de la necrópolis judía situada en esta zona.

Sin embargo, sería hace pocos años cuando la intervención arqueológica del Dr. Ruiz Taboada en el actual Instituto Azarquiel dejaría al descubierto y permitiese estudiar la necrópolis Judía de la ciudad, pudiendo documentarse sus rituales y distinguirlos de otros localizados en la ciudad.

Debemos mencionar que, una de las principales características de los enterramientos judíos de la ciudad (aunque se han documentado en otras como Córdoba o Sevilla), es la presencia de Lucillos: son unas estructuras de ladrillo, abovedadas, en las que se introducía el cuerpo. En otro post retomaremos ésta cuestión.

Plano de la necrópolis judía del Cerro de la Horca. Plano del artículo de Ruiz Taboada

Excavación en el Cerro de la Horca, de National Geographic

Detalle del interior de un Lucillo, de National Geographic


Tras la toma de Toledo en 1085, llegan nuevos cristianos a la ciudad, Cristianos de Repoblación, que traen nuevos rituales, como las fosas antropomorfas, y que eligen como lugar de enterramiento áreas cercanas a los templos a extramuros de la ciudad, como San Eugenio (se documentaron varias tumbas de éste tipo en la intervención arqueológica en Avda. Gral. Villalba nº 34).

Necrópolis de Cristianos de Repoblación de Gral. Villalba nº 34

A su vez, en la ciudad permanecen grupos de musulmanes que conservan su confesión, los Mudéjares. Las únicas menciones históricas a espacios funerarios mudéjares como tales se localizan a extramuros en el hanma de Santiago (zona de la Puerta de Bisagra), en el área de Santa Leocadia, San Eugenio y San Antón. Sí se han documentado numerosas tumbas asociadas a ésta cultura en el entorno del Circo Romano de Toledo.

Esta comunidad fue minoritaria en la ciudad desde el siglo XIII, pero es posible que su espacio funerario fuese mayor y llegase has la zona de San Lázaro y San Eugenio.

Necrópolis de San Lázaro (Novas Arqueología)

Tumba con delimitación de piedra y enterramiento en ataúd de San Lázaro (Novas Arqueología)

Detalle del enterramiento en ataúd (Novas Arqueología)

Planta necrópolis Gral. Villalba nº 22 (R. Untoria)

Necrópolis Gral Villalba en proceso de excavación

Por último, cabría mencionar a los Cristianos Nuevos o Conversos, a los que, según las Constituciones Sinodales del Arzobispo Carrillo de 1481 (Sínodo Diocesano de Alcalá), se les prohíbe, como Cristianos Nuevos, que tengan sepulturas en lugar distinto al de los otros fieles, por lo se enterrarían ya en las necrópolis cristianas, siguiendo sus mismos rituales. La única mención como espacio funerario de Cementerio de Conversos, situaría el mismo en el Pradillo de San Bartolomé (entorno del Circo Romano).

Con la llegada de la Santa Hermandad de la Inquisición a Toledo a finales del siglo XV, el uso de la necrópolis a extramuros se consideró como acto “judaizante”, motivo por el que se abandonó la misma, pasando todos los enterramientos a los templos cristianos, la mayoría de ellos a intramuros de la ciudad.

Hasta aquí llegaría la necrópolis medieval de la ciudad, pero no queremos terminar el post aquí, por lo que trazamos lo que ocurrió posteriormente.

El enterramiento se realizaba, desde entonces, dentro de las iglesias, cuyo espacio estaba muy jerarquizado, y en atrios anejos a las mismas (una gran parte de las plazas de la ciudad, como la del Conde, por ejemplo, eran cementerios de las iglesias, en éste caso, la de Santo Tomé).

Sin embargo, pronto se vio que el espacio era escaso, y las dificultades varias. La principal era que en muchas zonas, bajo los templos o los atrios se encontraba la roca natural, lo que impedía crear fosas profundas. Esto trajo un grave problema de higiene a la ciudad, ya que ante la descomposición de los cuerpos, los animales sueltos comenzaron a desenterrarlos, a parte de contaminar posibles cursos de agua subterráneos de los que se abastecía la ciudad.

Vino en ayuda de la ciudad el traslado de la Corte a Madrid en 1561, que supuso un notable descenso de la población.

Sin embargo, se han documentado en diversas actuaciones arqueológicas en el interior de templos de la ciudad, la presencia de grandes osarios, producto de la limpieza de templos y atrios para dejar espacio a nuevos enterramientos, como en el caso de la desaparecida Iglesia de San Ginés.

Será en el siglo XIX, en torno a 1814, cuando los “muertos” vuelvan a salir de la ciudad, creándose el “Cementerio Viejo de Toledo”, que estaba donde el actual Instituto María Pacheco (conocido como La Normal, antigua escuela de Magisterio). Tras ampliarse en 1855, acabó siendo trasladado a su actual emplazamiento. 

En el plano de Coello e Hijón se ve parcialmente la planta del antiguo cementerio en la parte superior.

En siguientes post iremos viendo distintos rituales de enterramiento, ajuares, etc.!

Tumba infantil. Últimos hallazgos en la necrópolis de San Lázaro. Octubre de 2014 (Intervención arqueológica dirigida por Arturo Ruiz Taboada)







sábado, 15 de febrero de 2014

ARQUEOMALACOLOGÍA EN EL POBLADO OBRERO DE TOLEDO (AVD. CORONEL BAEZA, 63): EL CONSUMO DE OSTRAS EN ÉPOCA VISIGODA

A comienzos del año 2012, procedimos al seguimiento del movimiento de tierras en un solar del conocido “Barrio del Poblado Obrero” de la ciudad de Toledo, íntimamente ligado su fundación a la Fábrica de Armas, y en zona de contacto con el Yacimiento Arqueológico de Vega Baja.

Localización del Nº 63 de la Avd. Coronel Baeza y restos documentados

Durante el control arqueológico del movimiento de las tierras para la nueva edificación, junto a la medianería oriental, se localizó una estructura muraria de mampostería, posiblemente islámica, que estaba asentada sobre niveles de desechos visigodos que, a su vez, estaban colmatando el interior de lo que identificamos como un fondo de cabaña de suelo rehundido, también de la misma cronología.



 

Detalle de los rellenos visigodos en el interior del "fondo de cabaña de suelo rehundido"

Durante estos trabajos, en el solar constatamos numerosas fases de ocupación antrópica que iban desde época visigoda hasta el momento actual. La primera, un “fondo de cabaña de suelo rehundido” de época visigoda, amortizado también en esta misma fase cultura con toda clase de desperdicios; la segunda, la construcción de un muro islámico sobre los antiguos niveles visigodos. El material cerámico de la primera estructura, y por consiguiente asociado a los restos de fauna, estaban encuadrados a lo largo del S. VI. En lo concerniente al material islámico, podemos adscribirlo fundamentalmente al S. XI. Las fases más modernas corresponderían al momento de edificación de los bloques de la Avenida de Coronel Baeza, a finales del S. XIX y, el posterior zanjeo que se haría hacia los años 50 del S. XX para la construcción del desagüe de la incipiente nueva área urbana de la Reconquista, que desembocaría en el río Tajo.

La peculiaridad de esta intervención fue, principalmente, la identificación del “fondo de cabaña de suelo rehundido” de época visigoda, posiblemente una de las primeras identificadas en la capital del reino. En cuanto a la segunda peculiaridad fue, la recuperación en un espacio de aproximadamente 2 m2 de excavación, de un total de 41 valvas completas (VC) de Ostra (Ostrea edulis) más otras 12 valvas fragmentadas (FV).

 
Proceso de excavación, detalle de una de las conchas in situ.

Más del 65% del material arqueológico recuperado corresponde a fauna, el 3% a Ostras.
Elemplares durante el proceso de excavación.

En ocasiones la localización de determinados elementos en excavaciones que, por lógica no deberían aparecer, plantea cuestiones que se deben desvelar, si las ostras son animales marinos ¿por qué aparecen aquí, en el centro peninsular? ¿Los visigodos continuaron el gusto romano de consumirlas? ¿Cómo las trajeron? ¿Por dónde? ¿Quiénes? ¿Cuando?...

No siempre es necesario un hallazgo espectacular de grandes edificios y o de pucheros llenos de tesoros, tan sólo la concentración de unas conchas o de unos pequeños huesos, pueden arrojar más información y luz que los primeros.

 
Ejemplar de valva izquierda de Ostra, con parte de la concha rota debido
al force para su apertura

La recuperación de estas conchas, nos están informando de primera mano, que su existencia ratifica el consumo de este producto marino; que ha existido un comercio del mismo y que, al ser un alimento de lujo, sólo una clase social podría permitirse el capricho de su adquisición y consumo, etc. Por lo consiguiente, al final, una insignificante concha marina nos puede dar noticias sobre élites sociales, rutas comerciales y florecimiento económico de un núcleo urbano.


Algunos ejemplares de las conchas recuperadas (Ostrea edulis)

Hasta la fecha, el saber a ciencia cierta de donde proceden y quienes las encargaron, es difícil vaticinar, aunque nos inclinamos por dos posibles rutas comerciales, la primera desde el área de Cartagena; mientras que la segunda sería desde algún punto de la costa malagueña.
Tal vez alguien relacionado con la nobleza goda de la ciudad de Toledo, durante algún momento del S. VI se diera el capricho del consumo de este alimento como signo de su posición socio-económica.

lunes, 28 de octubre de 2013

Monasterio de Santo Domingo de Silos "El Antiguo"

Parte del monasterio conocido como Santo Domingo el Antiguo, cuya fundación se cree que se produjo en el año 1085, era en origen un palacio construido por el infante Don Manuel a finales del s. XIII y separado de él por una pequeña calleja. Su hijo, Don Juan Manuel, dona estas dependencias al convento y, probablemente, la calle se incorpora al convento a finales del s. XIV o principios del XV, convirtiéndose primero en cobertizo y posteriormente cerrándola por completo.

La fachada del antiguo palacio que don Manuel construye para su hijo don Juan Manuel se encontraba enfoscada hasta el año 2012.
Estado inicial de la fachada

Localización de la fachada y de la calle en el Plano de Ibáñez Ibero (siglo XIX)

Al retirar los enfoscados modernos aparece un arco de herradura apuntado afectado por la apertura de una ventana moderna que formaría parte, originalmente, de una doble arquería de herradura. 

Arco de herradura localizado

Situación en la fachada (estado actual)

Tanto las fuentes históricas como los datos arqueológicos nos dicen que, probablemente, ésta sea una de las fachadas mudéjares más antiguas conservadas en la ciudad. La fachada de Pedro I el Cruel (actual Escuela de Traductores) sigue las líneas generales de la que se ha documentado aquí. La sencillez de ambas contrasta, por ejemplo, con la recientemente descubierta en Madre de Dios fechada ya en el siglo XV.
Además de este arco aparece, formando parte de la fábrica del muro, un fragmento de  cancel visigodo reutilizado como mampuesto en la fachada.

Fragmento de cancel Visigodo
Cancel visigodo

Estos canceles eran usados normalmente para acotar espacios dentro de los templos. Decorada en el centro con una cruz patada de triple reborde con brazos de base recta y disco central inscrita en tondo sogueado y con una flor acorazonada en las esquinas. En la parte inferior está decorada con motivos vegetales.
Son numerosos los restos conservados y relieves con temas simbólicos de las iglesias visigodas, como canceles, pilastras, impostas… que después de amortizados los edificios para los que fueron concebidos se reutilizan en construcciones más modernas. Ejemplos de ello los encontramos en la ciudad en un gran número de viviendas o edificios religiosos y casi siempre con la intención de darle un toque decorativo a las fachadas. Recordemos, entre otros, la fachada de las conocidas “cuevas de Hércules” en el callejón de San Gines, la torre de El Salvador o la vivienda, rehabilitada no hace muchos años, ubicada en el corredorcillo de San Bartolomé.



jueves, 24 de octubre de 2013

El Oro de los Visigodos

El amplio espacio de la Vega Baja atesora un rico patrimonio arqueológico conocido desde antiguo, y puesto al descubierto desde el año 2001, gracias al inicio de las excavaciones arqueológicas que en su día fueron impulsadas por el proyecto de urbanización del espacio comprendido entre la Fábrica de Armas y el barrio de Santa Teresa. 

Durante la intervención arqueológica que realizamos en el año 2006, se produjo el hallazgo de un conjunto de 30 monedas de oro (denominadas tremises) que reflejan el sistema monetario que circulaba en Toleto a principios del reinado de Chindasvinto (siglo VII)

Tesorillo localizado en el proceso de excavación

Los reyes representados (Sisebuto (1), Suinthila (9), Sisenando (12) y Chintila (8)) confirman la extendida teoría de que las monedas de diferentes reyes se van sumando y se siguen utilizando hasta que las más viejas desaparecen por deterioro o por orden real. En este caso los 27 años de reinado que suman los cuatro monarcas (desde el año 612 al 639)  nos da una idea de la posible duración de las emisiones visigodas. Sin duda, la moneda de Sisebuto debe ser considerada como residual.







 Moneda de Sisebuto (muerto en 621)



Detalle de la moneda de Sisebuto



Moneda de Leovigildo (muerto en el 586). Anverso y Reverso

La fecha del ocultamiento debe situarse entre los reinados de Chintila, Tulga y Chindasvinto. El último rey representado es Chintila, pero el corto reinado de Tulga (sólo tres años) puede ser el motivo por el que no hay monedas suyas en el ocultamiento. Finalmente las circunstancias políticas que se vivieron desde el principio del reinado de Chindasvinto nos hacen decantarnos por este momento como explicación del ocultamiento. Este monarca llegó al poder a muy avanzada edad, tras una conjura que acabó con el reinado del joven rey Tulga. Durante gran parte de su vida estuvo muy ligado a la corte, donde fue duque y participó en los principales acontecimientos políticos nada menos que desde tiempos de Leovigildo. Su dilatada experiencia en intrigas le llevó a abordar su reinado sobre la base de la represión, de tal modo que la mayor parte de las fuentes clásicas mencionan las fuertes depuraciones que sufrió la nobleza goda bajo su férrea mano. Se habla de la muerte de 200 primates y 500 mediocres, el destierro de otros tantos y la enajenación de sus bienes a favor de los partidarios del rey. Se calcula que al menos la mitad de la nobleza palatina desapareció. La promulgación de leyes contra la traición, los desertores y los conspiradores, nos hablan de unos tiempos convulsos en los que parte de la nobleza tuvo que huir del reino. En este contexto puede explicarse el ocultamiento de este tesoro, y tal vez la destrucción de la vivienda en la que se halló.

Así pues, las características del tesoro nos pueden hablar de un propietario dedicado al comercio, lo que daría sentido a la variedad de cecas representadas, que pudo verse obligado a abandonar la ciudad precipitadamente como consecuencia de la deposición de Tulga y de la consiguiente política represora de Chidasvinto. La capital toledana se nos revela como un foco comercial muy relacionado con la Bética y la Lusitania.
En primer lugar habría que especificar que el patrón oro sigue siendo el metal relevante, estable y base de las acuñaciones visigodas. Se basa en la libra romana que se subdividía en 12 onzas o 72 sólidos aureus. Cada sólido aureus se subdividía en tres tremises. Pero ¿cuál sería el valor real de este tipo de monedas? o para entenderlo mucho mejor, ¿qué se podía comprar con ellas?

Para poder contestar a este tipo de cuestiones el estudio de la legislación visigoda es fundamental. Así sabemos que el robo de un burro o un buey se castigaba con un sólido y el de una vaca con dos tremises o un solo tremis en caso de que fuese un ternero. El trabajo de un obrero durante un año costaba  tres sólidos y la educación de un niño menor de diez años dos sólidos al año. La operación de cataratas costaba cinco sólidos, lo que nos habla del alto estatus de los médicos. Estos ejemplos nos ilustran sobre el alto valor que tendrían los tremises en esta época y, en consecuencia, la importancia del tesorillo localizado en el yacimiento de Vega Baja.


Algunos apuntes sobre la moneda Visigoda
La mayoría de los investigadores coinciden en pensar que esta moneda no tuvo que circular de manera habitual entre la población por lo que nos planteamos entonces el siguiente interrogante ¿para qué servían?. Aunque son muchas las teorias la gran mayoría de los autores coinciden en otorgarle preeminencia del valor político sobre el económico. Así, según De Franciso y Vico, Leovigildo inicia un proceso buscando ver reconocida su autoridad frente a Roma. Comienza primero acuñando monedas similares a las romanas pero sigue con otras en las que sigue apareciendo el nombre del emperador de Bizancio en el anverso aunque en el reverso aparece el nombre de Leovigildo. Después de esta emisión “de prueba” acuña una nueva moneda en la que las leyendas son ilegibles y que estos autores consideran que no son fruto de la torpeza de los orfebres sino de una orden directa del monarca para ver la acogida de esta nueva moneda en el mercado. Por último, acaba acuñando monedas que nada tienen que ver con las clásicas romanas sino con el reino visigodo resultado de un gran programa político para conseguir la independencia total del poder imperial bizantino. La moneda sería entonces un instrumento propagandístico poderoso.
Por otro lado, llama la atención la ausencia de textos acerca de la fabricación de moneda en contraste con la abundancia de leyes que castigan su falsificación. Como suele suceder, la abundancia de leyes contra un delito da fe de la frecuencia con que se comete el mismo. Las falsificaciones fueron habituales y se encontraba diferenciado el delito de la falsificación del de la acuñación ilegal.

Recreación del proceso de acuñación de moneda

El oro se fundiría con plata, en mayor o menor proporción y en pequeñas porciones de cobre con el fin de conseguir la aleación deseada. El metal pasaba del crisol (recipiente preparado para contener este metal líquido) a un molde en el que se daba forma a los cospeles (disco de metal preparado para acuñar una moneda). Una vez enfriados, desmoldados y comprobado su peso se colocaban entre dos cuños: uno de ellos fijo en el yunque y el otro móvil. El monedero aplicaba un golpe seco con un martillo dejando acuñada la moneda.
La elaboración de los cuños era muy delicada y artesanal por lo que es prácticamente imposible que se fabricasen dos idénticos. Es por ello, que la comparación de monedas batidas bajo el reinado de un mismo monarca y en una misma ceca, ofrecen normalmente diferencias debidas al carácter artesanal del trabajo de los cuños.
Para comprobar los pesos de las acuñaciones existían unas pequeñas piezas metálicas elaboradas en bronce y conocidas como “ponderales”. Aquí tenemos un ejemplo que apareció en el yacimiento de la Vega Baja durante las excavaciones gestionadas por la empresa Toletum Visigodo.
Estos patrones ponderales, en época imperial romana, tenían la función de controlar las demás pesas. En estas piezas se muestran inscripciones con su valor, normalmente incrustadas en plata. Son siglas que están formadas por dos letras siendo la primera la abreviatura del valor o el nombre de la unidad monetaria a que se refiere, que puede ser la libra, la onza o el sólido; y la segunda el numeral o peso de la pieza. 


Ponderales documentados en Vega Baja

sábado, 12 de octubre de 2013

Una vivienda Islámica en la Plaza de los Buzones

Durante la intervención arqueológica que se llevó a cabo en el inmueble de la Plaza de los Buzones nº 8 se pudo documentar, en la medianería con el inmueble contiguo, un arco de herradura realizado en ladrillo, que en se correspondía con el acceso a una casa de época islámica que podemos fechar en época Califal (entre los siglos IX y X de nuestra era).

Arco islámico, detalle



Arco islámico y muro

Aunque ahora lo vemos en el interior de una vivienda, éste espacio fue en su día una calle o un posible adarve (callejón) público.

Recreación del espacio original de la vivienda islámica en el siglo X

Será en época Mudéjar, entre los siglos XIII y XIV, cuando esa vía pública se privatice para levantar un inmueble con dos crujías (cada espacio alargado del inmueble alrededor de un patio se denomina crujía) y patio central. En éste momento, el dueño del anterior inmueble cegaría el arco, tal y como se ha conservado hasta hoy.

Recreación de la evolución del espacio islámico en época Mudéjar (siglos XIII-XIV)

No hay muchos arcos (en éste caso se conserva también todo el salón islámico) como éste en Toledo, de la misma cronología. De hecho, los ejemplos más parecidos estarían en los inmuebles de San Miguel nº 3, San Lorenzo nº 3 o la Mezquita de Bab-Al Mardum o Cristo de la Luz.

Fachada norte del Cristo de la Luz y arcos de herradura de la misma cronología
(foto de Turismo CLM)

Debemos decir, que en la excavación arqueológica que se llevó a cabo en distintas partes del inmueble, se recogieron elementos de la Edad del Bronce (concretamente del Bronce Final- entre los siglos XIII-IX a.C.) y de época Romana y Visigoda (siglos IV-VI d.C.)